jueves, mayo 27, 2010

Lo que pasó, pasó


De acuerdo, el final ha sido controvertido. No se han atado todos los cabos y el tono pastelón y místico de los últimos minutos ha dejado descontentos a muchos seguidores. Pero habría que ser un necio para no darse cuenta de hasta qué punto Perdidos ha sido grande. Ha creado un estilo y una mitología que ya son historia de la cultura del siglo XXI. E incluso a pesar de sus detractores, el episodio final ha sido muy bueno y completo, salvo por esos diez últimos minutos, cerrados curiosamente con una última escena perfecta que cerraba el círculo abierto en la primera escena de la serie. De la grandeza de esta serie da fe que al día siguiente concluía otra serie mítica de esta época dorada de la televisión que hemos tenido, 24... y el eco mediático obtenido ha sido muchísimo menor.
Internet ha hecho mucho bien a la discusión y culto de la serie, pero al final ha provocado también un tal vez justificado pero también injusto estallido contra su final. Es cierto que no se han explicado todos los cabos sueltos. ¿Y qué más da? No tenían por qué hacerlo, en realidad. Tampoco lo hicieron las dos series-referente a las que más se ha comparado. David Lynch cerró Twin Peaks, no sin cierta actitud desafiante (aunque aún no se lo habían comunicado, ya sabía que no habría una tercera temporada), con un episodio abiertamente surrealista (¡el agente Cooper entraba en otra dimensión y acababa poseído por una versión malvada de sí mismo!) y plagado de cliffhangers (una explosión, un asesinato, ¡un mensaje extraterrestre!) destinados a no resolverse nunca. Y qué decir del último episodio de El prisionero, un episodio que Patrick McGoohan no tenía pensado (su intención parece ser que era acabar con un final abierto al cierre del penúltimo episodio), pero que se vio obligado a escribir y realizar a toda prisa, tanta de hecho que los parlamentos de algunos de los participantes fueron improvisados; el resultado fue un episodio abiertamente radical, provocador y surrealista que en vez de resolver los enigmas de la serie acababa embrollándonos aún más (ay, esa mítica revelación de la identidad del Número Uno que tantas discusiones e interpretaciones ha provocado). Ambos finales dejaron descontentos a algunos seguidores e hicieron estallar la cabeza a otros, pero hoy son leyenda, y a mí personalmente me encantan.
Los creadores de Perdidos no se han atrevido a un final tan radical, y se puede discutir sobre si la idea que vertebra toda la última temporada (cuya verdadera naturaleza era revelada sólo en este último episodio) era lo suficientemente buena. Para mí (y para muchos) no lo era, y quizá por ello ésta ha sido probablemente la temporada más floja de la serie. Pero aun así en su último capítulo nos han dado una buena mezcla de aventuras, acción, sorpresas, reencuentros y despedidas emotivas: un chute de emociones extremas en vena que, aunque en un primer momento resultó un tanto decepcionante porque las expectativas eran enormes, mejora cuanto más lo paladeas. No nos han dado lo que queríamos, pero nos han dado mucho.
Y aunque es verdad que en las dos últimas temporadas los creadores parecen haber perdido un poco el norte y no saber muy bien hacia dónde debían tirar para resolverlo todo (de hecho han preferido no hacerlo a cambio de conseguir sorpresas e impactos mayores en el público), lo único que queda es darles las gracias por estos seis años de emociones.
Namaste.