lunes, septiembre 17, 2012

Cenizas

Alvaro Ortiz llevaba años siendo uno de los autores más prometedores del panorama nacional, pero le faltaba una gran obra con la que quitarse esa etiqueta de promesa y poder confirmarse por fin. Ya no. Cenizas es la obra que todos sus seguidores esperaban/deseaban que diera.
Álvaro ya había firmado como profesional dos álbumes dignos pero todavía de formación, en los que había presentado su particular universo de fantasmas y piratas al mismo tiempo que mostraba su evolución como dibujante. Pero no había terminado de sentirse cómodo, especialmente en el segundo de ellos, que le había costado horrores acabar. Terminaba la realización de estas obras agotado, vacío, sin ganas de emprender inmediatamente un nuevo proyecto. Como si estuviese tratando de marchar a un ritmo que no era el suyo.
Por suerte su adopción de una mayor simplicidad gráfica, con influencias obvias de Lewis Trondheim, le ha permitido superar sus obstáculos. Ha pasado de hacer páginas con grandes viñetas llenas de rayitas a hacer páginas con muchísimas viñetas y muy pocas líneas. Ahora sus páginas se ven más limpias, ha ganado fluidez narrativa y, lo que es mejor, se divierte más y lo transmite. Su muy trondheimiano tebeo autoeditado, Fjorden (descargable en pdf en su página), fue, ahora lo vemos claramente, algo más que un divertimento para desengrasar la máquina antes de empezar con una historia más profunda; fue también una prueba, un experimento que funcionó y que puso los cimientos gráficos del nuevo Álvaro que vemos en Cenizas. (En su blog aún pueden encontrarse bocetos primitivos de cuando hizo el proyecto en los que todavía utiliza su anterior y muy característico estilo de rayitas.) También hay un algo de Ware en la composición (superando a veces las veinte viñetas por página, aunque sabiendo romper ese ritmo con viñetas mayores segun lo pide la historia, hasta llegar incluso al tamaño de la doble página en algún momento) y, no sé, igual soy yo pero también le veo algunas similitudes con Craig Thompson, Brian Lee O'Malley o Manu Larceret (aunque ya no sabe uno si hay influencia directa o simplemente beben de fuentes comunes). Los colores pastel que utiliza, una paleta bastante personal, contribuyen igualmente a que el resultado final sea una obra bonita de ojear y agradable de leer.
Pero es en la historia donde Álvaro, sin renunciar a ciertas constantes de su obra y a su particular sentido del humor, muestra un mayor crecimiento como autor, abandonando la fantasía desbordada de sus obras anteriores para establecerse en un entorno más realista (aunque sólo hasta cierto punto; a fin de cuentas uno de sus personajes principales es un mono), afrontando con éxito una estructura narrativa más compleja y creando los personajes más redondos de su aún incipiente carrera. Depurando influencias de todo tipo que van más allá de los cómics, de Wes Anderson a los hermanos Coen, desde las road movies de autodescubrimiento del cine indie americano hasta las novelas de Paul Auster (referencia ineludible en este caso que llega hasta la cita directa), el autor embarca a sus personajes en un viaje de destino desconocido incluso para ellos mismos, y, a través de un camino plagado de desvíos y digresiones, consigue que los conozcamos y que, pese a sus defectos, miserias y patetismo, lleguemos a quererlos. Y es entonces, y sólo entonces, cuando llega la revelación final y se nos descubre el verdadero sentido de todo el viaje, y no podemos evitar emocionarnos.
En suma, un gran cómic que merece (mucho) la pena leer, y la confirmación de un gran autor que seguro que va a seguir entregándonos muy buenos trabajos en los próximos años.
GENIÓMETRO: 4/5 eisners