domingo, enero 14, 2007

Dos películas de magos

Todo gran truco de magia consta de tres actos. El primer acto es LA PRESENTACIÓN. El mago te muestra algo normal. Pero por supuesto... probablemente no lo es. El segundo acto es LA ACTUACIÓN. El mago transforma lo que aparentemente era normal en algo extraordinario. Intentas averiguar el secreto... pero no puedes. Por eso aún queda un tercer acto... EL PRESTIGIO. Lo imposible se convierte en posible, y tus ojos ven algo que no habían visto jamás.
Dos películas hay ahora mismo en cartel que, pese a no parecerse demasiado entre sí, comparten muchos puntos en común: ambas se basan en best-sellers recientes, ambas son thrillers con suspense y emoción, ambas se centran en el mundo de la magia y el ilusionismo y ambas están ambientadas en la época de finales del siglo XIX y principios del XX. Ambas películas tienen una estructura de flashbacks y un giro final sorprendente. En ambas películas, ¡ay!, adiviné el final a la media hora de película. Y, sin embargo, con ambas películas disfruté. Qué puedo decir, un fan de las películas de timos no puede ser indiferente a las películas de magos. En ambos casos el encanto es el mismo: el engaño, la ilusión, hacer creer a la gente algo que en realidad no es... en realidad, ¿no es esa también la esencia del cine?
Nada es lo que parece...
PRESENTACIÓN: El ilusionista es la historia de un gran mago que regresa a Viena, su ciudad de origen, y se reencuentra con su antiguo amor, ahora prometida (a pesar suyo) con el príncipe heredero del Imperio. La historia es contada en flashback por el inspector Uhl, que ha estado investigando al mago y a quien en la primera escena vemos acudir al teatro a detenerle.
ACTUACIÓN: La película se beneficia del buen hacer de tres grandes actores. Eisenheim, el héroe de la historia, es el siempre brillante Edward Norton, y todo eso que tiene ganada la película. Con su aire oscuro y concentrado, sólo con una mirada ya transmite a la perfección esa aureola de fascinación que se supone que el personaje debe transmitir a los vieneses de la época. Paul Giamatti cumple en su papel de policía dividido entre su lealtad al príncipe y su sincera admiración por el mago. Y Rufus Sewell es el príncipe, inteligente pero engreído, un racionalista acérrimo que se erige, desde su primera aparición, en la némesis del héroe, siendo su enfrentamiento no tanto una cuestión romántica (en realidad el príncipe no se casa con la chica por amor sino por conveniencia) sino de clase, entre el aristócrata al que todo le está permitido y el obrero humilde, hijo de ebanista, que se ha convertido en alguien a base de mucho esfuerzo y que, ante algo que realmente le interesa (el amor), no está dispuesto a inclinarse ni siquiera ante la realeza. La chica, Jessica Biel, es poco más que la ayudante del mago en el espectáculo de la historia.
La trama se sigue con interés y es entretenida, aunque quizá sea más previsible de lo que debiera, a partir de la mitad se hace lenta y repetitiva, y el final, con su giro sorpresa que formalmente recuerda un poco al de Sospechosos habituales, no termina de resultar redondo. La realización del casi debutante Neil Burger (sólo una película de bajo presupuesto en su currículum antes de este film) no termina de ayudar, supongo que el relato en el que se basa sería mucho más ambiguo en ciertos pasajes clave en que la película enseña demasiado sus cartas. Por otro lado, en ningún momento de la película se nos explica cómo lleva a cabo Eisenheim sus ilusiones, lo que contribuye a hacerlo más misterioso y, al mismo tiempo, a que el público acabe identificándose con el verdadero protagonista de la historia, el inspector Uhl, a través de quien vamos conociendo la historia y fascinándonos y sorprendiéndonos con el personaje de Eisenheim.
PRESTIGIO: El ilusionista es una película entretenida y bastante digna, pero a la que le falta un punto extra para ser memorable. Es demasiado previsible, no aprovecha todas las posibilidades de los personajes ni de los actores, pasa demasiado de puntillas por ciertos aspectos de la trama y al guión le falta habilidad al cerrar la historia, con una resolución en la que el giro final es introducido de una manera demasiado forzada. Una pena porque la historia tenía posibilidades.
GENIÓMETRO: 3/5 grouchos

Lucha de magos
PRESENTACIÓN: El truco final (el prestigio) es la historia de la batalla mortal que libran entre sí dos magos rivales enemistados que pretenden ser mejor el uno que el otro, a base de sabotearse los espectáculos o de robarse los números. Y cuando digo mortal, es mortal: la primera escena de la película nos presenta a uno de ellos (Christian Bale) colándose entre bastidores para tratar de descubrir el truco del último y más espectacular número de su rival, y cómo éste (Hugh Jackman), tras desaparecer del escenario por una trampilla, cae en un tanque de agua que alguien había colocado debajo y muere ahogado, asesinato por el que inmediatamente detienen a su rival.
ACTUACIÓN: A diferencia de la anterior, esta película sí tiene detrás a un director curtido y experimentado, el gran Christopher Nolan, al que después de Memento no se le podía ya negar su talento para las estructuras intrincadas. Pero El truco final no sólo está a la altura de aquélla, sino que narrativamente es incluso más compleja. Paralelamente avanzan cuatro historias: por un lado, lo que está ocurriendo en el momento inmediatamente posterior a la detención de Christian Bale, con éste en la cárcel esperando la horca, y el viejo diseñador de trucos de Jackman (el siempre genial Michael Caine) guardando las máquinas con que éste hacía su último y más asombroso número; en segundo lugar, Bale consigue y lee el diario de Jackman en el que éste cuenta su obsesión por copiar y mejorar el número de Bale; en tercer lugar, se cuenta el viaje de Jackman a Colorado buscando la ayuda de Nikola Tesla para crear su número; y, por último, en dicho viaje Jackman lee el diario de Bale que ha robado a éste, y en el que es éste el que cuenta su versión del enfrentamiento. Las cuatro líneas narrativas se entremezclan desvelando poco a poco toda la historia, sorprendiendo con nuevos giros y sorpresas a medida que la trama avanza, hasta que confluyen en un último y revelador giro final que corona maravillosamente la película. En algunos momentos, como toda película que trata de engaños, corre el riesgo de mostrar demasiado, de hacerse predecible, pero a diferencia de El ilusionista, en El truco final el engaño no es lo importante, sino lo que hay detrás. Por eso funciona.
El truco final tiene uno de los mejores guiones que he visto en los últimos años, con los hermanos Nolan volviendo a hacer tándem después del buen resultado que les dio formar equipo en Memento, adaptando en esta ocasión una novela de Christopher Priest. Y, por si esto fuera poco, reúne un extraordinario elenco de actores. Para empezar, los protagonistas: Christian Bale borda el complejo papel de Alfred Borden, un mago nato con muchísimo talento que inventa el mejor truco de magia del mundo. Y Hugh Jackman, por su parte, aunque pierde el duelo interpretativo con su colega, también brilla en el papel de Robert Angier, su rival, ese mago atormentado, con menos talento que su rival pero obsesionado con conocer sus secretos. Pero el plantel de secundarios es impresionante, con mención especial para un siempre inmenso Michael Caine como ingeniero de trucos de magia, amigo y figura paterna (nunca escuchada) de Jackman; y un impresionante David Bowie dando vida al genio de la electricidad Nikola Tesla, con escaso papel pero inmensa relevancia, y en cuyas escasas apariciones y pocas líneas de diálogo ensombrece a todos aquellos que están a su alrededor como en sus mejores tiempos de estrella del rock. También Andy Serkis, Scarlett Johanson, Rebecca Hall o Piper Perabo (otro personaje que sale muy poco, pero de gran importancia) contribuyen al buen resultado final.
Con esta buena base, Nolan se permite el lujo de construir imágenes icónicas para la memoria (un montón de chisteras tiradas en el campo, Jackman desapareciendo en una máquina de rayos eléctricos, Jackman y Serkis en medio de un campo nevado cubierto de lámparas, la primera aparición de Bowie/Tesla o el último plano del film, que por cierto hace innecesaria la explicación que le precede) y suficientes escenas geniales, motivos que se repiten en varias escenas (alguno de ellos clave) y frases memorables como para elevar esta película entre las mejores del año que empieza (y lo digo a 14 de enero).
Lo peor de la película: el cartel es horrible.
PRESTIGIO: Película destinada a ser recordada. En mi opinión, más redonda que Memento, la película a la que Nolan debe su fama, pero probablemente el problema sea que la idea en sí no es tan innovadora, radical e impactante. Lejos de erigirse en una película al estilo de las de timos, con un gran plan que se descubre en el giro final, como es el caso de El ilusionista, la última película de Christopher Nolan se adentra en los oscuros terrenos del enfrentamiento y la obsesión como fuerza de destrucción. El truco final tiene, en cierto modo, un papalelismo con La huella, por cuanto se trata del enfrentamiento entre dos hombres que no saben detenerse a tiempo en su lucha y que, por ello, deviene en tragedia. Como en La huella, al final ambos salen derrotados, aunque al espectador le quede la sensación de que uno un poco más que el otro.
El único pero que se le puede poner a la historia es aceptar el pequeño componente fantástico que contiene, componente que, no casualmente, en un mundo de magos e ilusionistas viene representado por la ciencia, en la persona de un fascinante Nikola Tesla. Una vez aceptado, lo único que queda es aplaudir y verla otra vez.
GENIÓMETRO: 4,5/5 grouchos

1 comentario:

sofia martínez dijo...

Ambas películas son muy buenas, “El Prestigio” nos oferta una serie de actividades de extrema competición profesional con ánimo de venganza familiar y tono de misterio, por cierto me recuerda a “El Hipnotizador”, una serie de TV, tiene temática similar. En fin, la película tiene una historia entretenida en primera instancia, con diálogos rimbombantes y conjeturas rebuscadas nuestro director ejecuta una obra en fragmentos estilo puzzle pero sin llegar a los extremos, con una cuidadosa fotografía, escenarios planeados con la delicadeza de un gran artífice, maquillaje certero y fidedigno, es obvio que toda la producción se esfuerza por sacar la obra a flote sin el desventajoso desinterés del arrebato, sino con la intención de delicadeza, suspense y tensión, para los amantes de la taquicardia cuya percepción inspecciona hasta al más mínimo detalle, el cual será crucial en la película. Las virtudes de la cinta son evidentes, el guión es una obra escapista/ilusionista con el simple propósito de engañar al espectador y hacerlo sentir diversas emociones; la dirección de actores es exquisita.