viernes, diciembre 13, 2013
Nueve años
Parece que fue ayer cuando me puse manos a la obra y empecé a escribir este blog. Corría el año 2004 y aquello de los blogs estaba de moda. Mucha gente había creado sus propios rincones en la red para decir cosas bastante interesantes. Yo lo intenté también, sobre todo por entretenerme.
Eran otros tiempos. La blogocosa estaba de moda. Los blogs parecían el centro cultural del universo, se multiplicaban exponencialmente. Todo el mundo quería tener un blog. Eran lugares de reunión y debate.
Pero el tiempo los colocó en su sitio. Como un fenómeno de Internet, minoritario (y por tanto elitista y pasajero), al que la aparición de formatos mucho más masivos, inmediatos y visuales ha llevado a la decadencia. Las nuevas redes sociales han llevado a la decadencia a los blogs. La chorradita, el enlace o, después de aparecer el Youtube, el video que te resolvían la papeleta de hacer la actualización del día, ahora directamente se twittean o se ponen en facebook. Los rankings de blogs o las comunidades de blogueros han caido en desuso. Los blogs tienen poco tráfico y menos comentarios. Ya no hay debate.
Hoy la mayor parte de los blogs son agendas públicas de artistas, o colecciones de reseñas. Todavía hay blogs temáticos muy interesantes en que siguen apareciendo brillantes entradas monográficas sobre cuestiones poco frecuentadas. Todavía sobreviven blogs cuyas entradas siguen vigentes con el paso del tiempo, como los de recetas de cocina, patrones de ganchillo o críticas de cine. Y todavía sobreviven blogs que, como éste, obedecen a pulsiones personales, y que, por tanto, aunque el público se haya ido, siguen cumpliendo su función para el autor. Pero de los extraordinarios blogs que empecé a seguir en aquella época pocos quedan ya. Muchos autores abandonaron en cuanto la vida les hizo no tener tanto tiempo libre para dedicarse a este hobby, por agotamiento de la idea inicial o por simple cansancio. Algunos simplemente cerraron uno para hacerse otro. Alguno se ha mudado ya tantas veces que casi he perdido la cuenta de dónde está. Y los blogs no sólo han sido abandonados, sino que muchos de ellos también han sido borrados. ¿Vergüenza de autor ante pecados de juventud? Quién sabe, porque se han borrado auténticas perlas.
Nueve años después, muchas cosas han cambiado. En el mundo, en Internet, y en la vida y la visión del mundo del autor de estas líneas. A veces resulta un poco frustrante ver que le pones cierto esfuerzo a escribir una entrada y luego no recibe el feedback esperado, pero luego también te llevas algunas pequeñas satisfacciones. Como cuando mencionan tu blog en el telediario por un artículo publicado en 2005, o cuando miras las estadísticas y descubres que una vez al mes tienes un sorprendente aluvión de visitantes para leer la vieja explicación de Mullholland Drive, escrita en 2005 de memoria antes de poder revisionar la película.
El caso es que aquí sigue este blog. Con un ritmo de actualización bastante errático, pero sigue. Y, si digo la verdad, no estoy muy seguro de que hace nueve años pensase que la aventura iba a durar tanto.
viernes, noviembre 29, 2013
La que se avecina
Este año hay novedades muy interesantes. Editorial Cornoque lleva ya un mesecillo moviendo la segunda entrega de su serie autobiográfica Los mediamierdas, que en esta ocasión viene acompañada de disco, y presentarán el nuevo número del ya mítico fanzine Malavida y el nuevo álbum del prolífico Chema Cebolla, Harry Clever a todo color.
GP Ediciones, por su parte, presentará El renegado, esperado segundo volumen de la saga iniciada por Juanfer Briones con El último templario.
Y también aparecerán las nuevas entregas de los fanzines Los Diletantes, que en su segundo número han subido el nivel incorporando nuevos y talentosos autores a sumar a los que ya tenían, y Thermozero, que en su afán por seguir siendo referente ha conseguido para su quinto número colaboraciones de auténtico lujo, y que, no es porque los hagan amiguetes, pero tienen una pinta excelente. Además en éste último he colaborado escribiendo el guión de un par de historias, así que no os lo podéis perder.
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El Loco Samoano,
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Thermozero
miércoles, octubre 16, 2013
Humanos de verdad
Mi primera experiencia como espectador de una serie de origen exótico me ha llevado, casi por casualidad, a una producción sueca de ciencia ficción llamada Äkta människor (que al parecer se traduce como Humanos de verdad o Verdaderos humanos), cuya primera temporada consta de diez episodios y cuya segunda temporada no debería tardar mucho en estrenarse. La serie se sitúa en una realidad alternativa en la que los robots humaniformes (llamados hubots) son de uso común como obreros, criados o como simple compañía, y la trama se centra básicamente en tres grupos de personas cuyas historias se van a ir entrecruzando: la familia Engman, una familia normal de clase media-alta que finalmente decide incorporar a su casa uno de estos hubots para realizar las tareas domésticas; sus vecinos, una familia que se desintegra cuando la mujer se va viendo cada vez más unida afectivamente a su hubot mientras el padre de familia, supervisor en una fábrica en que poco a poco todos los trabajadores van siendo sustituídos por hubots, se va volviendo cada vez más hostil a ellos; y un grupo de hubots huídos, que eran propiedad de un científico que les dotó de libre albedrío y que, perseguidos por la ley, están dispuestos a luchar (y alguno de ellos, incluso a matar) por poder vivir libres como humanos.
A pesar de que esta última trama se centra en la intriga y en las conspiraciones gubernamentals tan habituales en las producciones de ciencia ficción, lo cierto es que es también el hilo que parece interesar menos a sus creadores, por cuanto en un principio no se sabe muy bien de dónde sale ese grupo de hubots ni qué pretenden y sólo con el paso de los capítulos, y a base de flashbacks, podremos descubrir los misterios que les rodean. La serie prefiere, en cambio, centrarse en el drama de las repercusiones de los hubots en la sociedad y en la relación de los humanos con ellos (con un paralelismo claro con el racismo), lo que quizá le resta impacto inmediato, pero la hace mucho más profunda. Y es que la serie invita al debate, especialmente sobre la condición humana. Porque en ningún momento cae en el maniqueísmo. La mayor parte de los personajes son difíciles de clasificar en términos morales. Son personajes tridimensionales, con sus virtudes y sus defectos, con sus ideas y sus miserias, y resulta complicado no sentir simpatía en algún momento incluso por aquellos a los que hemos visto cometer actos claramente reprobables.
Y mejor que no diga mucho más, porque habría un montón de detalles que comentar de la serie, pero no quiero caer en el spoiler.
En suma, una serie muy recomendable. De lo mejorcito que se ha hecho últimamente en ciencia ficción.
GENIÓMETRO: 4/5 colombos
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Telemanía
domingo, septiembre 29, 2013
37
Oh, sí. Aquí está, un año más... ¡el inevitable post de cumpleaños! (Colgado a una hora un poco tardía, sí, pero bueno...)
37 es un número aparentemente muy poco glamuroso, que comúnmente no se asocia a nada relevante. Eso podría dar a entender que es un número poco importante. ¡Error! Aunque es un número que suena aleatorio y quizá por ello es el más elegido cuando se pide a alguien elegir un número del 1 al 100, la verdad es que tiene tanto trasfondo como para tener una página web dedicada enteramente a él.
Es un número primo. Es el número atómico de un elemento tan poco conocido para cualquier no químico como el rubidio. Es el nombre de un personaje extraterrestre que aparece en El bueno de Cuttlas, el conocido cómic de Calpurnio. Es el número de obras escritas por William Shakespeare si no se cuentan las tres partes de Enrique IV como una sola obra. Es el número de ranuras de la ruleta europea. Es el número de agujeros que tenían los auriculares de los teléfonos antiguos. Es el número de grandes nats, unos espíritus adorados en Myanmar (país antes conocido como Birmania). Y también es, más o menos, la temperatura corporal humana habitual, y, por ello, ha dado origen a esta canción que es con la que yo (y supongo que muchos españoles de mi generación) asociamos el número.
En suma, que es un número que bajo su aparente insignificancia, esconde sorpresas. ¡Quién sabe, puede que este año de mi vida no vaya a ser tan poco memorable como los anteriores!
37 es un número aparentemente muy poco glamuroso, que comúnmente no se asocia a nada relevante. Eso podría dar a entender que es un número poco importante. ¡Error! Aunque es un número que suena aleatorio y quizá por ello es el más elegido cuando se pide a alguien elegir un número del 1 al 100, la verdad es que tiene tanto trasfondo como para tener una página web dedicada enteramente a él.
Es un número primo. Es el número atómico de un elemento tan poco conocido para cualquier no químico como el rubidio. Es el nombre de un personaje extraterrestre que aparece en El bueno de Cuttlas, el conocido cómic de Calpurnio. Es el número de obras escritas por William Shakespeare si no se cuentan las tres partes de Enrique IV como una sola obra. Es el número de ranuras de la ruleta europea. Es el número de agujeros que tenían los auriculares de los teléfonos antiguos. Es el número de grandes nats, unos espíritus adorados en Myanmar (país antes conocido como Birmania). Y también es, más o menos, la temperatura corporal humana habitual, y, por ello, ha dado origen a esta canción que es con la que yo (y supongo que muchos españoles de mi generación) asociamos el número.
En suma, que es un número que bajo su aparente insignificancia, esconde sorpresas. ¡Quién sabe, puede que este año de mi vida no vaya a ser tan poco memorable como los anteriores!
jueves, septiembre 26, 2013
Mis Spirous favoritos
En 1946 Jijé viaja a Italia para documentarse para futuras obras y deja a cargo de la serie a uno de los dibujantes de su estudio, un joven muy prometedor llamado André Franquin. Los resultados fueron tan satisfactorios que Jijé le cedería definitivamente la serie, y Franquin la transformaría, haciéndola pasar de historias cortas a largas aventuras de complicados argumentos, y creando todo un universo y una galería de personajes secundarios memorables que aún perdura. Quizá por ello, a Franquin se le considera el autor definitivo de Spirou. A partir de mediados de los 50 va a servirse frecuentemente de colaboradores (comenzó a necesitarlos tras su enfado con la editorial en 1955, su marcha a la competencia y su posterior reconciliación que le obligaría a trabajar en dos series a la vez para las dos editoriales), siendo el guionista Greg y los dibujantes Roba y Jidehem sus apoyos más habituales. Pero, tras una depresión y una hepatitis, Franquin va a centrarse en Gaston, su otro gran personaje, y apenas hizo nada de Spirou desde 1963 hasta 1969, en que decidiría abandonar la serie, quedándose, eso sí, con los derechos del Marsupilami, por el que siempre sintió especial predilección.
Le sustituiría un autor joven y desconocido, el bretón Jean-Claude Fournier, que trataría de modernizar la serie introduciendo temas controvertidos y nuevos personajes (que han sido muy poco utilizados por sus sucesores), además de ser el primero en sustituir el uniforme de botones de Spirou por un jersey. Aunque sus resultados son un tanto irregulares, demostraría su capacidad a lo largo de una década. Sus sustitutos, Nic Broca y Raoul Cauvin, firmarían tres álbums a principios de los 80 sin aportar demasiado, aunque también hay que decir en su favor que, incomprensiblemente, la editorial no les permitió utilizar ninguno de los personajes secundarios habituales de la serie, lo que hace de su breve etapa una colección de historias que podría haber protagonizado cualquier otro personaje y el resultado hubiese sido el mismo.
Posteriormente se harían cargo de la serie el guionista Philippe Tomé y el dibujante Janry, que, recuperando desde el principio personajes clásicos del canon de Franquin, darían pie a una etapa realmente brillante, en la que poco a poco irían incorporando elementos más maduros y argumentos más oscuros. De hecho, su etapa terminaría en 1998 tras la aparición del controvertido La máquina que sueña, un álbum sombrío, con un enfoque y un estilo de dibujo más realistas. Desanimados por la acogida que tuvo, los autores decidieron abandonar la serie para concentrarse en El pequeño Spirou, exitoso spin-off que habían creado.
Tras ellos tomarían las riendas Jean David Morvan y José Luis Munuera, durante cuatro entregas, y ahora Fabien Vehlmann y Yoann Chivard, de quienes no he leído todavía las tres entregas que han realizado.
En suma, una serie que, tras 75 años de publicación, goza de buena salud, y de la que a continuación voy a seleccionar mis 10 álbumes favoritos:
Álbum escrito en colaboración con Maurice Rosy, guionista de Tif y Tondu y que luego sería uno de los creadores de Bobo. Aunque el grafismo del Franquin de esta época ha quedado un poco desfasado y se nota la influencia de Hergé (Palombia tiene, a fin de cuentas, bastante en común con el San Teodoro de La oreja rota), resulta difícil no rendirse ante el brillante uso del absurdo de que hace gala el álbum (desde la primera aparición del "metomol", el gas capaz de derretir los metales, hasta ese momento impagable en que un ejército es obligado a desfilar al son de las guitarras por lo mal que tocan los habituales tambores y trompetas), y marca todo un hito a la hora de aprovechar el bagaje que las anteriores aventuras han ido dejando en la serie: nunca antes habían estado tan bien integrados en la trama tantos secundarios recurrentes, desde el Conde de Champiñac hasta la intrépida Seccotine, pasando, por supuesto, por el Marsupilami. Además incluye un hito fundamental: el regreso de Zantafio para asentarse definitivamente en la serie como villano recurrente.
Hay construído todo un subgénero de la comedia sobre sociedades, grupos o sistemas aparentemente perfectos que, de repente, cuando aparece un factor exterior imprevisto, se vienen abajo, poniendo de manifiesto la fragilidad de los cimientos sobre los que se sustentan. Es con eso con lo que juegan Tomé y Janry en este álbum, cuando el siempre apacible pueblo de Champiñac ve su plácida existencia puesta patas arriba ante los efectos de un rayo que cambia el color de la piel de quien lo recibe. El resultado es una brillante crítica del racismo subyacente en la sociedad, ése que no se nota demasiado en el día a día pero que está ahí, y pone de manifiesto que este tándem de autores fue quien mejor partido le sacó a los champiñacenses.
Si bien no tengo en demasiada estima los primeros álbums de Fournier, tengo que reconocer que a partir de Tora Torapa consigue convencerme, una vez que asume por fin que no puede alcanzar el talento de Franquin para el slapstick y deja de intentarlo, relegando a segundo plano la comedia para concentrarse en la aventura y sacando el máximo partido a su habilidad para crear imágenes poéticas. Su quinta entrega es, para mí, la mejor, un regreso al exotismo y a la aventura clásica con una trama ecologista y antineocolonialista ambientada en las reservas naturales del Senegal, aunque su último trabajo, el díptico Kodo el tirano- Judías por doquier, también podría haber entrado en la lista.
Prácticamente contemporáneo de Terminator, este álbum comparte con la conocida película de James Cameron el enfrentamiento a una rebelión de las máquinas, con el enemigo aquí personificado en una mujer robot. En su tercera aportación a la serie, Tomé y Janry recuperan del canon clásico el pueblo de Champiñac y le dan un papel de lucimiento a muchos de sus habitantes, algunos de los cuales no aparecían en la serie desde la época de Franquin. Pero no contentos con eso, los autores muestran su capacidad a la hora de crear tanto escenas de acción como excelentes personajes (el inventor Catenario, el robot Telesforo o la propia Cianuro del título), si bien, pese a su potencial, ninguno de ellos ha vuelto a aparecer en la serie. Al menos por ahora.
La proliferación de obras que daban una visión alternativa de Spirou (como la versión retro de Chaland, publicada en la propia revista madre pero luego descartada antes de su conclusión, o El acelerador atómico, la excelente versión que Lewis Trondheim publicó en su serie Lapinot), sumado al deseo de algunos autores oficiales de llevar el personaje en otras direcciones (como la versión seria y realista que Tomé y Janry desarrollaron en La máquina que sueña, provocando la división de los fans, y que desembocaría en su marcha de la serie), acabaría por convencer a la editorial de que no estaría mal crear una línea aparte de álbums para crear historias de Spirou "de autor", sin tener que seguir los parámetros de la serie oficial. Una gran idea que, en las pocas entregas que lleva hasta ahora, ya ha justificado su existencia: si su primera entrega sirvió para presentar al tándem Vehrmann-Yoann, que acabaría llevando la serie oficial unos años después, su tercera entrega, a cargo de Emile Bravo (autor de Jules), se convertiría en uno de los grandes hitos recientes de la serie. Bravo retrocede hasta la juventud de Spirou, tomando elementos de las viejas historias de Rob-Vel, para presentarnos a un joven que todavía no sabe mucho de la vida, que se enamora, que se encuentra por vez primera con el alocado Fantasio, y que se ve metido en una intriga que podría desencadenar, o impedir, el estallido de la II Guerra Mundial. Una genialidad que fue de inmediato aplaudida tanto por los críticos como por los fans.
Este álbum se aleja de la tendencia de Franquin hacia las historias de aventuras exóticas o fantásticas. En comparación con los álbums anteriores de la serie, esta historia sobre una conspiración para inculpar a Fantasio de una serie de robos es bastante mundana. Pero quizá por ello la desesperada investigación de Spirou gana en intensidad, y Franquin puede incluso permitirse añadir cierto suspense al final. Además este álbum incluye una de las mejores secuencias de toda la serie: la desternillante participación de Fantasio en una carrera ciclista.
Con el agua al cuello había sido un álbum repleto de acción frenética, con los personajes tratando de llegar a un valle legendario en busca de una expedición perdida, pero indudablemente una obra menor repleta de chistes sobre el hipo. Pero había terminado con un gran cliffhanger. La resolución tiene un tono muy diferente, más oscuro, más contemplativo, pero el resultado es un álbum extraordinario, con los personajes atrapados en un valle inhóspito, aislados (prácticamente no hay más personajes que ellos en todo el álbum), y con Fantasio víctima de una enfermedad que le lleva a intentar continuamente acabar con su amigo. Una maravilla que marcaría el posterior giro de Tomé y Janry hacia argumentos más oscuros y realistas, y hacia la introspección de los personajes que podría verse posteriormente en Vito el cenizo y La máquina que sueña.
A finales de los 50 Franquin llega a formar un equipo bastante estable con el guionista Greg (luego creador de Aquiles Talón) y el dibujante Jidehem (creador de Sofía, que se encargaría de los fondos). A este trío se debe uno de los álbums más míticos y acaso el más recordado de la larga trayectoria del personaje, en el que se nos presenta por vez primera al genio megalómano Zorglub, tan propenso a la altanería como a caer en el ridículo, y que se incorporará de inmediato a la impagable galería de secundarios habituales de la serie. Esta aventura añade también profundidad al personaje del Conde de Champiñac, hasta ese momento prototipo bidimensional del genio inventor. Tendría continuidad inmediata en El retorno de Z, igualmente ingeniosa, aunque no tan redonda.
El último de los álbums de Franquin junto con Greg y Jidéhem sería sin duda una de sus cimas, y en especial a nivel gráfico supone su mejor trabajo. Una entrañable sátira contra los intereses ocultos que impulsan las guerras, repleta de gags hilarantes e imaginativos (las diferentes torturas a que es sometido Fantasio o el viaje en autobús son buenos ejemplos), que sin duda alguna influirían bastante en Ibáñez para cuando comenzó a publicar sus historias largas de Mortadelo. Una de las obras maestras del cómic europeo, sin duda. Y eso a pesar de que la realización de la misma estuvo repleta de problemas: la editorial rechazó las primeras ideas para la historia, obligando a reescribir el guión; luego Franquin, desilusionado, cayó en una depresión; y, para colmo, enfermó con una hepatitis que le impidió seguir dibujando durante un año (aunque sí dibujaba las páginas de Gaston, más ligeras). Cansado de la serie, en los seis años siguientes tan sólo sería capaz de hacer una historieta larga (la alocada Un bebé en Champiñac, en la que gastoniza el universo Spirou), una corta y un relato ilustrado, antes de acabar cediendo el testigo a Fournier.
La enorme cantidad de ideas, todas buenas, que arroja Franquin sobre el papel en este álbum es tan colosal que resulta imposible no maravillarse. Sin duda una de las obras maestras absolutas del cómic europeo, Los herederos (tan sólo la segunda historieta larga del personaje, tras Hay un brujo en Champiñac) asienta definitivamente la serie como algo muy grande a través de una sucesión de aventuras de muy distinta índole, estructuradas en torno a una competición para cobrar una herencia. El álbum supone también la primera aparición del fantacóptero y de Palombia, el primer gag metalingüístico relativo a la celebridad de Spirou y, sobre todo, la primera aparición del malvado Zantafio y del maravilloso Marsupilami.
¿No estás de acuerdo? ¿Tú prefieres otros álbums? Pues ahí están los comentarios para discutirlo...
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lunes, agosto 26, 2013
El verano del anticlímax
Aparentemente es fácil. "Empieza con un terremoto y, a partir de ahí, ve subiendo". La estructura de la historia necesita tres actos, un planteamiento, un nudo y un desenlace. Y, si se trata de un blockbuster, el punto culminante de cada acto debería ser una set piece memorable. Y cada set piece debería ser al mismo tiempo más complicada para el héroe, tener mucho más en juego, y ser más espectacular. Que la batalla final sea la cima épica de la narración en esos tres sentidos es la mejor manera de asegurarse de que el espectador va a acabar emocionado y sin aliento, totalmente inmerso en la historia.
Por supuesto, eso no quiere decir que cada batalla tenga que ser simplemente más grande que la anterior en el sentido de añadir artillería. Ahí tenemos, por ejemplo, una obra maestra del calibre de En busca del arca perdida, que arriesga mucho al culminar una espectacular orgía de persecuciones y peleas con un literal deus ex machina en que la única labor del héroe es no abrir los ojos. Pero la escena es tan espectacular que con su tamaño divino efectivamente empequeñece todas las anteriores al nivel de meras escaramuzas humanas. Claro que no todas las películas pueden permitirse el tener tras la cámara a Spielberg (que, curiosamente, fracasaría en su intento de repetir el esquema en Indiana Jones y la calavera de cristal).
Sin embargo, quizá porque en los últimos años el guión se cierra bastante más tarde que cuando le empiezan a encargar las escenas a los de los efectos, o a cierto temor de los responsables por bajar demasiado el ritmo en el segundo acto que les lleva a concentrar en él sus mejores bazas, o como efecto de las excesivas reescrituras que pueden desequilibrar el ritmo de un guión si éste acaba compuesto de retales de varios autores, lo cierto es que en los últimos años estamos asistiendo a bastantes películas de final anticlimático, en el que la escena final no consigue superar la intensidad de las anteriores, ni es tanto lo que está en juego, ni se culmina la evolución de un arco de personaje. Incluso uno de los grandes del cine contemporáneo como Quentin Tarantino no puede evitar cerrar Django desencadenado con una escena final mucho menos intensa que el sangriento tiroteo que culmina el segundo acto -acentuándose además la sensación por cuanto ambas escenas se sitúan en el mismo decorado.
¿Hasta qué punto se está convirtiendo esto en frecuente? Hoy voy a comentar aquí cuatro estrenos taquilleros de este verano que tienden al anticlímax, con mejores o peores resultados. Cuatro. Nada menos. Como para no pensar que es una tendencia.

AHORA ME VES es diferente de las tres siguientes porque no es una simple película de acción, sino que más bien predomina el suspense; además, de estos cuatro estrenos es la única película que no nace directamente con vocación de blockbuster o de franquicia, sino que es un trabajo personal de un guionista que logró vender el proyecto y que luego se ha convertido en un éxito tal que ya se ha confirmado que habrá secuela. Sus problemas estructurales venían ya desde el papel, pero, dado que la trama general de la película requería un orden concreto de los acontecimientos, era inevitable que las set pieces ocurrieran en los momentos en que ocurren en la película. De los tres espectáculos que los magos llevan a cabo el primero es el más espectacular: roban un banco de París desde un escenario en Las Vegas. Aunque un poco más tarde se nos desvelará el truco, no se puede ir más lejos en cuanto a espectacularidad. La película mantiene la intriga, pero después de tan impactante primer acto es inevitable que el resto sea cuesta abajo, aun teniendo en el reparto a unos desaprovechadísimos Morgan Freeman y Michael Caine, y la verdad es que el director tampoco ayuda (la revelación final podría haber tenido emoción en manos más hábiles, pero a la hora de la verdad ha quedado de lo más soso). Al final resulta una película que podría haber sido bastante mejor de lo que es, pero tiene buenos momentos.

ELYSIUM, por otro lado, era la esperada nueva película del director de Distrito 9, y en ella descubrimos un nuevo concepto de anticlímax. Aquí no se trata tanto de que el enfrentamiento final no esté a la altura de la pelea del segundo acto (aunque algo de eso pueda haber, con el agravante de que si no queda claro es porque ninguna de las dos resulta especialmente espectacular), sino por el hecho de que Neill Blomkamp parece podar de la historia todos los demás posibles enfrentamientos y puntos de tensión que ha sembrado en la primera mitad del film, de manera que al final todo, TODO, se resuelva en un enfrentamiento mano a mano entre el protagonista y un asesino psicópata. El resultado es, por ello, insatisfactorio, desperdiciando una buena colección de ideas interesantes y a una muy desaprovechada Jodie Foster. Lo más destacado, en mi opinión, el diseño de producción. Por lo demás, entretiene un rato y se olvida rápido.

GUERRA MUNDIAL Z ha sido la gran triunfadora del verano, tras una producción plagada de problemas y retrasos, y aunque no soy demasiado fan de las películas de zombies, una vez vista no es difícil explicar por qué: a los dos minutos de película ya empieza la acción y a partir de ahí prácticamente no para, en un crescendo casi constante (con unas breves pausas para respirar) hasta el final del segundo acto. En esta ocasión sería injusto explicar el anticlímax como fruto de una bajada de intensidad, puesto que en el tercer acto la película cambia totalmente su naturaleza: el film abandona la acción adrenalínica de las anteriores escenas para concentrarse en una situación de tensión en un lugar cerrado. En realidad ni hay evolución de personaje ni hay nada en juego que no estuviera ya en juego en anteriores escenas, pero la tensión creada en la set piece final suple bien su falta de espectacularidad para que el público siga enganchado. De las cuatro, el final más satisfactorio, aun con peros.

PACIFIC RIM estaba diseñada para ser un blockbuster y había muchas espectativas puestas en ella, sin embargo no ha tenido el éxito esperado. Quizá por la desbordante falta de carisma de la pareja protagonista, porque, aunque pueda parecer una sorpresa, incluso cuando tienes robots gigantes peleándose con monstruos, y secundarios de lujo como Charlie Day y Ron Perlman, el público necesita conectar con los protagonistas para meterse en la historia. Al final del segundo acto tenemos una espectacular batalla con Hong Kong como escenario, en la que varios robots son destruídos por el ataque simultáneo de dos monstruos, y que es un crescendo de espectacularidad y macarrismo. Tan brillante resulta esta batalla que cuando, algunos minutos más tarde, llega el duelo final, que debería ser la madre de todas las batallas... pues, ufff, no, no lo es. Y eso a pesar de que es la batalla en la que se juegan el destino del mundo y en la que aparece el monstruo más grande al que se han enfrentado nunca... con dos colegas. Pero resulta que no es lo mismo pelearse en las profundidades del Pacífico que en una ciudad llena de gente y edificios. Sobre todo, y perdón por el spoiler, por la libertad que permite al bando humano a la hora de usar armas destructivas de verdad. Así que, después de lo espectacular que ha sido la pelea anterior, el final de la película te deja un poco decepcionado, pensando "¿y ya está?". Aun así, es una película muy disfrutable, y el diseño de producción está cuidadísimo, como es habitual en las películas de Guillermo Del Toro. Pese a sus defectos, quizá la que más disfruté de las cuatro.
Y esta ha sido mi visión de los blockbusters de este verano. Esperemos que para el año que viene los realizadores decidan que dar un final plenamente satisfactorio a las películas debería ser una prioridad. De momento nos quedan las películas de superhéroes (esos Iron Man, Superman...), a las que cabe achacarle también bastantes defectos (de hecho cualquiera de las cuatro comentadas hoy tiene planteamientos mucho más interesantes), pero que al menos sí que saben situar sus mayores batallas al final. Supongo que porque los personajes y todo el bagaje que llevan detrás así lo requieren. Por ahora.
Por supuesto, eso no quiere decir que cada batalla tenga que ser simplemente más grande que la anterior en el sentido de añadir artillería. Ahí tenemos, por ejemplo, una obra maestra del calibre de En busca del arca perdida, que arriesga mucho al culminar una espectacular orgía de persecuciones y peleas con un literal deus ex machina en que la única labor del héroe es no abrir los ojos. Pero la escena es tan espectacular que con su tamaño divino efectivamente empequeñece todas las anteriores al nivel de meras escaramuzas humanas. Claro que no todas las películas pueden permitirse el tener tras la cámara a Spielberg (que, curiosamente, fracasaría en su intento de repetir el esquema en Indiana Jones y la calavera de cristal).
Sin embargo, quizá porque en los últimos años el guión se cierra bastante más tarde que cuando le empiezan a encargar las escenas a los de los efectos, o a cierto temor de los responsables por bajar demasiado el ritmo en el segundo acto que les lleva a concentrar en él sus mejores bazas, o como efecto de las excesivas reescrituras que pueden desequilibrar el ritmo de un guión si éste acaba compuesto de retales de varios autores, lo cierto es que en los últimos años estamos asistiendo a bastantes películas de final anticlimático, en el que la escena final no consigue superar la intensidad de las anteriores, ni es tanto lo que está en juego, ni se culmina la evolución de un arco de personaje. Incluso uno de los grandes del cine contemporáneo como Quentin Tarantino no puede evitar cerrar Django desencadenado con una escena final mucho menos intensa que el sangriento tiroteo que culmina el segundo acto -acentuándose además la sensación por cuanto ambas escenas se sitúan en el mismo decorado.
¿Hasta qué punto se está convirtiendo esto en frecuente? Hoy voy a comentar aquí cuatro estrenos taquilleros de este verano que tienden al anticlímax, con mejores o peores resultados. Cuatro. Nada menos. Como para no pensar que es una tendencia.
AHORA ME VES es diferente de las tres siguientes porque no es una simple película de acción, sino que más bien predomina el suspense; además, de estos cuatro estrenos es la única película que no nace directamente con vocación de blockbuster o de franquicia, sino que es un trabajo personal de un guionista que logró vender el proyecto y que luego se ha convertido en un éxito tal que ya se ha confirmado que habrá secuela. Sus problemas estructurales venían ya desde el papel, pero, dado que la trama general de la película requería un orden concreto de los acontecimientos, era inevitable que las set pieces ocurrieran en los momentos en que ocurren en la película. De los tres espectáculos que los magos llevan a cabo el primero es el más espectacular: roban un banco de París desde un escenario en Las Vegas. Aunque un poco más tarde se nos desvelará el truco, no se puede ir más lejos en cuanto a espectacularidad. La película mantiene la intriga, pero después de tan impactante primer acto es inevitable que el resto sea cuesta abajo, aun teniendo en el reparto a unos desaprovechadísimos Morgan Freeman y Michael Caine, y la verdad es que el director tampoco ayuda (la revelación final podría haber tenido emoción en manos más hábiles, pero a la hora de la verdad ha quedado de lo más soso). Al final resulta una película que podría haber sido bastante mejor de lo que es, pero tiene buenos momentos.
ELYSIUM, por otro lado, era la esperada nueva película del director de Distrito 9, y en ella descubrimos un nuevo concepto de anticlímax. Aquí no se trata tanto de que el enfrentamiento final no esté a la altura de la pelea del segundo acto (aunque algo de eso pueda haber, con el agravante de que si no queda claro es porque ninguna de las dos resulta especialmente espectacular), sino por el hecho de que Neill Blomkamp parece podar de la historia todos los demás posibles enfrentamientos y puntos de tensión que ha sembrado en la primera mitad del film, de manera que al final todo, TODO, se resuelva en un enfrentamiento mano a mano entre el protagonista y un asesino psicópata. El resultado es, por ello, insatisfactorio, desperdiciando una buena colección de ideas interesantes y a una muy desaprovechada Jodie Foster. Lo más destacado, en mi opinión, el diseño de producción. Por lo demás, entretiene un rato y se olvida rápido.
GUERRA MUNDIAL Z ha sido la gran triunfadora del verano, tras una producción plagada de problemas y retrasos, y aunque no soy demasiado fan de las películas de zombies, una vez vista no es difícil explicar por qué: a los dos minutos de película ya empieza la acción y a partir de ahí prácticamente no para, en un crescendo casi constante (con unas breves pausas para respirar) hasta el final del segundo acto. En esta ocasión sería injusto explicar el anticlímax como fruto de una bajada de intensidad, puesto que en el tercer acto la película cambia totalmente su naturaleza: el film abandona la acción adrenalínica de las anteriores escenas para concentrarse en una situación de tensión en un lugar cerrado. En realidad ni hay evolución de personaje ni hay nada en juego que no estuviera ya en juego en anteriores escenas, pero la tensión creada en la set piece final suple bien su falta de espectacularidad para que el público siga enganchado. De las cuatro, el final más satisfactorio, aun con peros.
PACIFIC RIM estaba diseñada para ser un blockbuster y había muchas espectativas puestas en ella, sin embargo no ha tenido el éxito esperado. Quizá por la desbordante falta de carisma de la pareja protagonista, porque, aunque pueda parecer una sorpresa, incluso cuando tienes robots gigantes peleándose con monstruos, y secundarios de lujo como Charlie Day y Ron Perlman, el público necesita conectar con los protagonistas para meterse en la historia. Al final del segundo acto tenemos una espectacular batalla con Hong Kong como escenario, en la que varios robots son destruídos por el ataque simultáneo de dos monstruos, y que es un crescendo de espectacularidad y macarrismo. Tan brillante resulta esta batalla que cuando, algunos minutos más tarde, llega el duelo final, que debería ser la madre de todas las batallas... pues, ufff, no, no lo es. Y eso a pesar de que es la batalla en la que se juegan el destino del mundo y en la que aparece el monstruo más grande al que se han enfrentado nunca... con dos colegas. Pero resulta que no es lo mismo pelearse en las profundidades del Pacífico que en una ciudad llena de gente y edificios. Sobre todo, y perdón por el spoiler, por la libertad que permite al bando humano a la hora de usar armas destructivas de verdad. Así que, después de lo espectacular que ha sido la pelea anterior, el final de la película te deja un poco decepcionado, pensando "¿y ya está?". Aun así, es una película muy disfrutable, y el diseño de producción está cuidadísimo, como es habitual en las películas de Guillermo Del Toro. Pese a sus defectos, quizá la que más disfruté de las cuatro.
Y esta ha sido mi visión de los blockbusters de este verano. Esperemos que para el año que viene los realizadores decidan que dar un final plenamente satisfactorio a las películas debería ser una prioridad. De momento nos quedan las películas de superhéroes (esos Iron Man, Superman...), a las que cabe achacarle también bastantes defectos (de hecho cualquiera de las cuatro comentadas hoy tiene planteamientos mucho más interesantes), pero que al menos sí que saben situar sus mayores batallas al final. Supongo que porque los personajes y todo el bagaje que llevan detrás así lo requieren. Por ahora.
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Cinemanía
miércoles, julio 17, 2013
Orphan Black
Se hace muy difícil hablar de esta serie sin desvelar algunas cosas incluso para hablar tan sólo de su concepto. Más allá de la descripción de la serie, de todas formas, he conseguido mantener la entrada libre de spoilers, a costa de no poder comentar prácticamente nada de lo que me ha molado de ella. Qué le vamos a hacer.

Sarah Manning, una delincuente de poca monta, acaba de abandonar a su novio y ha vuelto a su ciudad de origen con el objetivo de conseguir dinero y escapar con su hija, a la que no ve desde hace casi un año. Mientras espera en la estación ve a una mujer que deja sus cosas en el andén y se arroja a las vías al paso de un tren. Lo aterrador es que la suicida era exactamente igual que ella. Pensando rápido y viendo una oportunidad, Sarah se hace con el bolso de la difunta, y descubre es que tiene un dineral en su cuenta bancaria, de modo que decide hacerse pasar por ella para hacerse con la pasta y desaparecer. Lo que Sarah no puede preveer es que esto va a ser la puerta de entrada a una pequeña pesadilla.
Éste es el punto de partida de Orphan Black, una de las sorpresas de la temporada, una serie canadiense de ciencia ficción lo-fi realizada para la BBC América y en la que destaca una camaleónica Tatiana Maslany, una actriz prácticamente desconocida que realiza un auténtico tour de force interpretativo al dar vida a múltiples personajes (hasta tres llegan a coincidir en un mismo plano), lo que le ha proporcionado la alabanza unánime de la crítica y unos cuantos premios. Al lado de esta exhibición, la trama en principio parece más bien tópica, pero se hace más oscura e intrigante a medida que avanza, con una bien medida sucesión de sorpresas y giros inesperados y un ritmo narrativo más cercano a las series europeas que a las americanas (aunque sea su sección americana, es la BBC, a fin de cuentas).
De momento la primera temporada es bastante recomendable y te deja con bastantes ganas de saber por dónde irán los tiros en la siguiente. Habrá que seguirla.
GENIÓMETRO: 3,5/5 colombos
Sarah Manning, una delincuente de poca monta, acaba de abandonar a su novio y ha vuelto a su ciudad de origen con el objetivo de conseguir dinero y escapar con su hija, a la que no ve desde hace casi un año. Mientras espera en la estación ve a una mujer que deja sus cosas en el andén y se arroja a las vías al paso de un tren. Lo aterrador es que la suicida era exactamente igual que ella. Pensando rápido y viendo una oportunidad, Sarah se hace con el bolso de la difunta, y descubre es que tiene un dineral en su cuenta bancaria, de modo que decide hacerse pasar por ella para hacerse con la pasta y desaparecer. Lo que Sarah no puede preveer es que esto va a ser la puerta de entrada a una pequeña pesadilla.
Éste es el punto de partida de Orphan Black, una de las sorpresas de la temporada, una serie canadiense de ciencia ficción lo-fi realizada para la BBC América y en la que destaca una camaleónica Tatiana Maslany, una actriz prácticamente desconocida que realiza un auténtico tour de force interpretativo al dar vida a múltiples personajes (hasta tres llegan a coincidir en un mismo plano), lo que le ha proporcionado la alabanza unánime de la crítica y unos cuantos premios. Al lado de esta exhibición, la trama en principio parece más bien tópica, pero se hace más oscura e intrigante a medida que avanza, con una bien medida sucesión de sorpresas y giros inesperados y un ritmo narrativo más cercano a las series europeas que a las americanas (aunque sea su sección americana, es la BBC, a fin de cuentas).
De momento la primera temporada es bastante recomendable y te deja con bastantes ganas de saber por dónde irán los tiros en la siguiente. Habrá que seguirla.
GENIÓMETRO: 3,5/5 colombos
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Telemanía
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