jueves, diciembre 06, 2012

Diciembre, temporada de tebeos


¡Nos quedan breves! En una semana dará comienzo el Salón del Cómic de Zaragoza, que cumplirá nada menos que su decimoprimera edición. Además de ser el último evento comiquero del año, el Salón se ha ido consolidando tanto en número de visitantes como en calidad de sus actividades (este año hay una lista de exposiciones de aúpa). Además, en esta edición el Salón tendrá como invitados a tantos autores ilustres que mejor os remito directamente a la lista, porque si empiezo a hablar un poco de cada uno no acabaré nunca.
El Salón también se ha convertido en punto de encuentro inexcusable de la muy activa escena comiquera zaragozana. Muchas de las pequeñas editoriales o fanzines que operan en la ciudad aprovechan el evento para presentar sus novedades, creando una avalancha de cómics aragoneses en diciembre, aunque estrictamente hablando en algunos casos los cómics aparecen una o dos semanas antes en los eventos inmediatamente anteriores, como el Salón de Getxo o la Feria del Libro de Monzón. Este año la cosecha se presenta especialmente prometedora, con álbumes de los siempre imprescindibles Azagra o Kalitos, una adaptación de Stanislaw Lem a cargo de Miguel Ángel Hernández, un nuevo pulp gráfico de Chema Cebolla y su Harry Clever y un nuevo número, el cuarto ya, de esa entrañable aventura en que se ha convertido la revista Thermozero. En esta ocasión con portada de Azagra y con colaboraciones de lujo en su interior. Entre ellas, la mía, para la que he contado con la genial Carol Albalá al dibujo.

Y además de todo esto, desde la pasada edición se conceden los Premios del Cómic Aragonés. Y ahí siempre hay motivo para la alegría, porque es casi seguro que se los lleva algún amigo. ¡Como en este mundillo nos conocemos casi todos...! Este año no he sido nominado a mejor guionista como el año pasado, pero de todas formas me quedo bien contento porque un buen amigo y cómplice habitual como Daniel Foronda ha conseguido una nominación a mejor dibujante. Será difícil que gane, pero de momento, ¡que le quiten lo bailado!
Pero no acaba ahí la cosa porque el fanzine online en PDF que hacemos unos cuantos amigos, El Loco Samoano, ¡¡¡ha sido nominado como Mejor Fanzine!!! Evidentemente no va a ser fácil quitarles el premio a obras como El Necrocomicón o Gervasio Mantel, por no hablar de una revista de calidad como la propia Thermozero que también ha sido nominada (lo que me da doble opción de ganar el premio, ¡bien!), pero ya que hemos llegado hasta aquí, ¿por qué no? Y para celebrarlo, coincidiendo con el Salón, hará su aparición un nuevo número del fanzine. Totalmente gratis, como siempre. Estad atentos...

jueves, noviembre 29, 2012

Subnormaladas

Hace unos días una amiga me pidió que le recomendase algunos webcómics. Nunca he sido muy de webcómics, la verdad, pero alguno sigo, así que podría haber mencionado varios títulos, pero, la verdad, apenas recibir la pregunta sólo había un nombre en mi mente: Subnormality, de Winston Rowntree. Porque soy superfan.

Subnormality es una serie que un dibujante canadiense oculto bajo el pseudónimo de Winston Rowntree lleva publicando desde 2007 en el seno de su web Virus Comix, y que se ha convertido en su obra principal (que no única; también publica regularmente sus ocurrencias en la web de la revista Cracked bajo la cabecera Abnormality).
La serie comenzó como una colección de chistes inconexos basados en el contraste y el humor absurdo, pero a medida que avanzaba fue convirtiéndose en algo más. Poco a poco fueron afianzándose personajes y temas recurrentes. El absurdo fue dejando paso a una aguda observación crítica y a cierta amargura existencialista. El humor fue dejando paso a una narración cada vez más seria. Las pequeñas tiras de los inicios se fueron expandiendo hasta transformarse en enormes posters o adoptar fórmulas narrativas no habituales que aprovechaban que el ordenador no impone los límites del dibujo de la misma manera que un soporte impreso. Y, al tiempo que Rowntree evolucionaba como dibujante, el texto fue ganando mayor protagonismo, hasta ganarse para el webcómic el subtítulo "comix con demasiadas palabras desde 2007". Personalmente, yo en su evolución veo influencias de Evan Dorkin, lo que está bien porque a mí la obra de Dorkin me parece estupenda también.

Serie ecléctica donde las haya, en la que cada nueva entrega puede sorprenderte con humor absurdo, con una representación gráfica de conceptos abstractos, con una reflexión sobre el mundo o con una historia completa autoconclusiva de ciencia ficción (que nadie se pierda esa maravilla llamada Anomalies), cada nueva entrega de Subnormality es una sorpresa y una lectura estupenda.
Un webcómic que todos deberíais estar leyendo pero ya. (Bueno, si sabéis inglés, claro.)
GENIÓMETRO: 4/5 eisners

martes, octubre 30, 2012

Científicos clásicos y comic books

Lo retro está de moda, y la ciencia no podía ser una excepción. Hay muchos ejemplos de ficción reciente que se han dedicado a recuperar la figura del científico de principios del siglo XX como genios absolutos muy por encima de los actuales y con capacidad para llevar a cabo las más complejas y fantásticas creaciones. La figura de Nikola Tesla, en concreto, ha sido mitificada mucho más allá de lo que podía esperarse hace un par de décadas, algo a lo que probablemente no es ajeno el romanticismo de su constante enfrentamiento con los intereses corporativos que le acabaría llevando a la ruina.
Por ello hoy voy a hablar de tres cómics que hablan de ciencia y de científicos míticos. Tres cómics muy diferentes entre sí pero con una característica en común: su lectura merece mucho la pena.
RASL, de Jeff Smith
Creo que ya he citado anteriormente en este blog esta obra que el autor de Bone ha estado realizando desde 2008, y que ha levado a término este último verano. En principio es la historia de un ladrón que se mueve entre diferentes dimensiones, pero poco a poco la historia se va complicando cuando un asesino es enviado tras sus pasos y se va revelando su pasado como científico, su hallazgo del salto interdimensional gracias a la lectura de unos diarios de Nikola Tesla, y su enfrentamiento con las autoridades militares que controlan sus experimentos, lo que resulta en su huída con los diarios.
El tono de la obra es bastante reflexivo (no en vano los pensamientos del protagonista son el hilo conductor de la historia) y predomina la intriga y la tensión, aunque también haya momentos de acción. Y Jeff Smith demuestra su enorme talento, en un trabajo muy alejado de la fantasía con toques humorísticos de Bone.
ATOMIC ROBO, de Brian Clevinger y Scott Wegener
Nikola Tesla es de nuevo figura fundamental en este cómic que, a ritmo de miniseries, lleva publicándose desde 2007 (pero que confieso no haber descubierto hasta este año). El protagonista es Atomic Robo, un robot dotado de inteligencia artificial creado por Tesla en 1923 y que, tras haber trabajado para el gobierno estadounidense (a cambio de su reconocimiento como ciudadano) e incluso para la NASA, en la actualidad dirige una corporación y lidera un equipo de científicos que se enfrenta a emergencias paranormales y sobrenaturales.
El cómic es pura acción y diversión, que se puede permitir contar aventuras de Robo en diferentes momentos de su vida (los años 30, la Segunda Guerra Mundial, los 60, la época actual...) dado que, al ser un robot, el personaje no envejece. Por si esto fuera poco está salpicado de referencias pop y de maravillosos cameos de personajes conocidos (como Carl Sagan, H.P. Lovecraft o Thomas Edison, aunque mi favorito, por hilarante, es el de Stephen Hawkins en el primer volumen). El resultado es una lectura entretenidísima.
THE MANHATTAN PROJECTS, de Jonathan Hickman y Nick Pitarra
El más reciente de los tres es una de las revelaciones del año en EE.UU. Una serie publicada por Image que nos sitúa en los años 40, cuando el ejército estadounidense reúne a los mejores científicos del país, oficialmente para crear una bomba con la que ganar la II Guerra Mundial, pero también para desarrollar diversos proyectos científicos que serían dignos de Walter Bishop. A medida que la serie avanza se nos va desvelando que muchos de los personajes tienen una agenda oculta y no son lo que parecen. Lo que no deja de ser chocante cuando los personajes son figuras tan conocidas de la historia de la ciencia como Oppenheimer, Einstein, Fermi, Harry Daghlian o Richard Feynmann.
La serie todavía lleva tan sólo unas pocas entregas, pero ya ha abierto puertas para un montón de posibilidades que deberán desarrollar próximamente. Mucho suspense, con cada número conteniendo una historia más o menos autoconclusiva pero que se encuadra en una continuidad imprevisible que no sabemos a dónde nos llevará pero que los lectores estamos ansiosos por descubrir.

En suma, tres series muy interesantes y más que recomendables. ¿Quién pensaba que la ciencia era aburrida?

sábado, septiembre 29, 2012

36



El autor de La Página 36 cumple 36 años. ¡Viva! ¡Celebremos la recursividad!

miércoles, septiembre 26, 2012

Black & White

Tenía un poco abandonado esto de las listas de Spotify, primero por ciertos cambios en la plataforma que, por fortuna, finalmente no duraron mucho, y luego por problemas técnicos. Pero aquí estoy de nuevo para presentar Black & White, una lista dedicada básicamente a lo que se denomina "la segunda ola del ska". Básicamente, esos grupos británicos que recuperaron el ska a finales de los 70 y principios de los 80 y lo pusieron de nuevo en el mapa. Una ola intensa y de calidad, pero no muy numerosa en cuanto a nombres, de ahí que haya tantas canciones de unos pocos grupos en la lista (especialmente Specials y Madness... quizá me he pasado un poco). Alguno de ellos, de hecho, abandonan el ska en algún momento, por lo que estrictamente hablando no todas las canciones de la lista son ska.
A ellos he añadido a los primeros grupos británicos de la "tercera ola", que en muchas ocasiones coincidieron en los escenarios con sus antecesores e incluso colaboraron con gente como Laurel Aitken, el "padrino del ska" (venido directamente de la "primera ola"). También a Rico, otro pionero que, además de fusionar el ska y el jazz, se instaló en Inglaterra y tocó habitualmente con los Specials. Pero básicamente he tratado de no salirme del periodo 1979-89, con un par de excepciones: un tema de los Symarip, casi olvidados pioneros del ska británico de finales de los 60, que alcanzaron su mayor éxito con su reedición en 1981 en plena efervescencia de la "segunda ola"; y una canción de los Hotknives que no es de los 80 sino de 1996 pero me gusta mucho así que la meto y a la mierda la coherencia.
Reconozco que la lista me ha quedado enorme, pero bueno, así disfrutáis más rato.

lunes, septiembre 17, 2012

Cenizas

Alvaro Ortiz llevaba años siendo uno de los autores más prometedores del panorama nacional, pero le faltaba una gran obra con la que quitarse esa etiqueta de promesa y poder confirmarse por fin. Ya no. Cenizas es la obra que todos sus seguidores esperaban/deseaban que diera.
Álvaro ya había firmado como profesional dos álbumes dignos pero todavía de formación, en los que había presentado su particular universo de fantasmas y piratas al mismo tiempo que mostraba su evolución como dibujante. Pero no había terminado de sentirse cómodo, especialmente en el segundo de ellos, que le había costado horrores acabar. Terminaba la realización de estas obras agotado, vacío, sin ganas de emprender inmediatamente un nuevo proyecto. Como si estuviese tratando de marchar a un ritmo que no era el suyo.
Por suerte su adopción de una mayor simplicidad gráfica, con influencias obvias de Lewis Trondheim, le ha permitido superar sus obstáculos. Ha pasado de hacer páginas con grandes viñetas llenas de rayitas a hacer páginas con muchísimas viñetas y muy pocas líneas. Ahora sus páginas se ven más limpias, ha ganado fluidez narrativa y, lo que es mejor, se divierte más y lo transmite. Su muy trondheimiano tebeo autoeditado, Fjorden (descargable en pdf en su página), fue, ahora lo vemos claramente, algo más que un divertimento para desengrasar la máquina antes de empezar con una historia más profunda; fue también una prueba, un experimento que funcionó y que puso los cimientos gráficos del nuevo Álvaro que vemos en Cenizas. (En su blog aún pueden encontrarse bocetos primitivos de cuando hizo el proyecto en los que todavía utiliza su anterior y muy característico estilo de rayitas.) También hay un algo de Ware en la composición (superando a veces las veinte viñetas por página, aunque sabiendo romper ese ritmo con viñetas mayores segun lo pide la historia, hasta llegar incluso al tamaño de la doble página en algún momento) y, no sé, igual soy yo pero también le veo algunas similitudes con Craig Thompson, Brian Lee O'Malley o Manu Larceret (aunque ya no sabe uno si hay influencia directa o simplemente beben de fuentes comunes). Los colores pastel que utiliza, una paleta bastante personal, contribuyen igualmente a que el resultado final sea una obra bonita de ojear y agradable de leer.
Pero es en la historia donde Álvaro, sin renunciar a ciertas constantes de su obra y a su particular sentido del humor, muestra un mayor crecimiento como autor, abandonando la fantasía desbordada de sus obras anteriores para establecerse en un entorno más realista (aunque sólo hasta cierto punto; a fin de cuentas uno de sus personajes principales es un mono), afrontando con éxito una estructura narrativa más compleja y creando los personajes más redondos de su aún incipiente carrera. Depurando influencias de todo tipo que van más allá de los cómics, de Wes Anderson a los hermanos Coen, desde las road movies de autodescubrimiento del cine indie americano hasta las novelas de Paul Auster (referencia ineludible en este caso que llega hasta la cita directa), el autor embarca a sus personajes en un viaje de destino desconocido incluso para ellos mismos, y, a través de un camino plagado de desvíos y digresiones, consigue que los conozcamos y que, pese a sus defectos, miserias y patetismo, lleguemos a quererlos. Y es entonces, y sólo entonces, cuando llega la revelación final y se nos descubre el verdadero sentido de todo el viaje, y no podemos evitar emocionarnos.
En suma, un gran cómic que merece (mucho) la pena leer, y la confirmación de un gran autor que seguro que va a seguir entregándonos muy buenos trabajos en los próximos años.
GENIÓMETRO: 4/5 eisners

lunes, agosto 20, 2012

Na na na na hey hey hey

Esta es la historia de una canción que fue creada para que no gustara y fracasó de manera tan estrepitosa en el intento que acabó en lo más alto de las listas de ventas de los EE. UU., llenando los bolsillos de sus autores pero a la vez acabando con la carrera del cantante que la grabó. Porque la vida, a veces, resulta totalmente impredecible.
Situémonos. Año 1969. Paul Leka es un reputado músico originario de Bridgeport, Connecticut, que, tras haber grabado algunos singles a comienzos de los 60 con un grupo llamado The Chateaus, se trasladó a Nueva York para iniciar una fructífera carrera como músico de estudio, productor y compositor de encargo, firmando algunos éxitos como Green Tambourine, tema interpretado por The Lemon Pipers que llegó al número uno de ventas en EE.UU. en 1968.
En 1969 Leka trabaja para Mercury Records, y convence a sus jefes para darle una oportunidad a un antiguo compañero de The Chateaus, Garrett De Carlo, que ahora buscaba fortuna como artista en solitario bajo el pseudónimo de Garrett Scott. Con Leka como productor, De Carlo grabó cuatro canciones y las presentó a la compañía, donde fueron muy bien recibidas. Tanto, que sus jefes creyeron que cualquiera de ellas era un single en potencia. Por ello, y para reservar las otras de cara a un posterior lanzamiento, a la hora de publicar el primer single, una canción llamada "It's the magic in you girl", pidieron a los músicos que volvieran al estudio y les grabaran una nueva canción para la cara B del single.
Como el objetivo era simplemente hacer una canción de relleno, Leka y Scott pensaron que podían hacer el trabajo en una noche, y sin necesidad siquiera de llamar a otros músicos de estudio para ayudarles. Y, para evitar que los DJs de las radios pinchasen la cara B en vez de la canción que realmente se estaba intentando vender, decidieron que lo que iban a grabar debía ser un tema lo suficientemente flojo como para que ningún DJ lo prefiriese a la otra canción. En el estudio se les unió otro amigo y ex-compañero de los tiempos de The Chateaus, Dale Frashuer, que estaba de visita, y les sugirió utilizar una canción que habían empezado a componer entre los tres hacía años para su viejo grupo y que, por considerarla bastante floja, nunca habían terminado, llamada Kiss him goodbye. Los tres músicos, con el ingeniero Warren Dewey a los mandos, grabaron rápidamente la canción. Sólo faltaban una batería y un estribillo. Para solucionar lo primero, Leka pidió a Dewey que troceara y recompusiera la grabación de la batería de uno de los otros singles que habían grabado. En cuanto a lo segundo, fue el propio Leka el que improvisó un estribillo a los teclados, cantando simplemente "na na na na", porque, como diría años más tarde, "es lo que siempre se canta cuando no sabes la letra". Como no les importaba mucho, lo dejaron así, sin preocuparse de componer un texto, aunque, eso sí, a modo de broma, Frashuer y Scott sugirieron cambiar el tercer verso de "nanananas" por un "hey hey hey". Y para asegurarse de que nadie la radiaba por error en lugar de la cara A, añadieron a la canción una enorme coda de varios minutos de repetición del improvisado y poco trabajado estribillo.
Sin embargo, las cosas empezaron a torcerse cuando presentaron la canción a sus jefes y con horror descubrieron que les gustaba. A continuación, tuvieron un problema a la hora de fabricar los discos, la aguja saltaba al llegar a cierto punto, por lo que la solución que adoptaron fue reducir aquel monstruo de siete minutos a una canción de cuatro minutos, una duración más normal y radiable, aunque todavía más larga de lo habitual en la época. Y, finalmente, la catástrofe: un DJ de Georgia, al recibir la promo del single, hizo precisamente lo que los músicos habían querido evitar a toda costa, equivocó las caras del viñilo y radió la cara B. Y con los resultados más sorprendentes, porque pronto una avalancha de llamadas sorprendió a la emisora pidiendo que volvieran a poner aquella canción tan tonta pero de estribillo extrañamente pegadizo. De modo que la emisora comenzó a radiar habitualmente la canción, y poco a poco otras emisoras de la zona hicieron lo mismo.

Cuando la noticia de que la canción estaba siendo un éxito en las radios del sur llegó al departamento de promoción de Mercury, inmediatamente decidieron publicarla como single. Algo que ni a Leka ni a Scott hizo demasiada gracia. Ambos consideraban que la canción era vergonzosa y se negaron a que sus nombres fueran ligados a ella. Es por ello que negociaron que aquel single no deseado fuera publicado no por Mercury sino por Fontana, una compañía filial, y bajo el nombre de Steam, un grupo ficticio creado únicamente para aquella canción cuya estrella, esperaban, no brillaría demasiado tiempo.
Solo que, una vez publicado el single, el resto de América acogió aquella aberración con el mismo entusiasmo que los estados sureños, alcanzando de manera totalmente inesperada (especialmente para sus autores) el número uno en las listas de ventas en diciembre de 1969 (¡desbancando nada menos que a los Beatles!), obligando a la compañía a formar aprisa y corriendo un grupo real para poder promocionar la canción con conciertos y apariciones en televisión, y grabar un LP.
Todo ello fue especialmente desesperante para Garrett Scott, cuyos singles nunca consiguieron la más mínima repercusión, y que, asqueado con todo lo sucedido, se negó a participar en cualquier nuevo proyecto bajo el nombre de Steam. La compañía encargó entonces a Leka que se ocupase de ello, y Leka reclutó a otro grupo de músicos de Bridgeport para que hicieran las giras y grabasen nuevas canciones, limitándose él a las labores de producción. Por supuesto, ninguna de las nuevas canciones sería un éxito, convirtiendo a Steam en un clásico one hit wonder.
Posteriormente Leka seguiría trabajando dos décadas como productor y músico de estudio, aunque sin alcanzar nunca más un gran éxito; por su parte Scott seguiría intentando durante los 70 triunfar con sus canciones, sin ningún éxito, llegando incluso al punto desesperado de publicar a finales de los 70 una versión disco de su éxito repudiado, que tampoco cuajó.
Mejor suerte correría la canción, que, lejos de caer en el olvido, se ha convertido en un clásico en los eventos deportivos a lo largo de los EE. UU., y ha sido objeto de numerosas versiones, siendo las más conocidas las del conocido trío británico Bananarama en los 80 y la del grupo de metal aleman Axxis. A día de hoy sus ventas rebasan los seis millones y medio de discos. Nada mal para una canción que estaba diseñada para no gustar.