martes, octubre 30, 2012

Científicos clásicos y comic books

Lo retro está de moda, y la ciencia no podía ser una excepción. Hay muchos ejemplos de ficción reciente que se han dedicado a recuperar la figura del científico de principios del siglo XX como genios absolutos muy por encima de los actuales y con capacidad para llevar a cabo las más complejas y fantásticas creaciones. La figura de Nikola Tesla, en concreto, ha sido mitificada mucho más allá de lo que podía esperarse hace un par de décadas, algo a lo que probablemente no es ajeno el romanticismo de su constante enfrentamiento con los intereses corporativos que le acabaría llevando a la ruina.
Por ello hoy voy a hablar de tres cómics que hablan de ciencia y de científicos míticos. Tres cómics muy diferentes entre sí pero con una característica en común: su lectura merece mucho la pena.
RASL, de Jeff Smith
Creo que ya he citado anteriormente en este blog esta obra que el autor de Bone ha estado realizando desde 2008, y que ha levado a término este último verano. En principio es la historia de un ladrón que se mueve entre diferentes dimensiones, pero poco a poco la historia se va complicando cuando un asesino es enviado tras sus pasos y se va revelando su pasado como científico, su hallazgo del salto interdimensional gracias a la lectura de unos diarios de Nikola Tesla, y su enfrentamiento con las autoridades militares que controlan sus experimentos, lo que resulta en su huída con los diarios.
El tono de la obra es bastante reflexivo (no en vano los pensamientos del protagonista son el hilo conductor de la historia) y predomina la intriga y la tensión, aunque también haya momentos de acción. Y Jeff Smith demuestra su enorme talento, en un trabajo muy alejado de la fantasía con toques humorísticos de Bone.
ATOMIC ROBO, de Brian Clevinger y Scott Wegener
Nikola Tesla es de nuevo figura fundamental en este cómic que, a ritmo de miniseries, lleva publicándose desde 2007 (pero que confieso no haber descubierto hasta este año). El protagonista es Atomic Robo, un robot dotado de inteligencia artificial creado por Tesla en 1923 y que, tras haber trabajado para el gobierno estadounidense (a cambio de su reconocimiento como ciudadano) e incluso para la NASA, en la actualidad dirige una corporación y lidera un equipo de científicos que se enfrenta a emergencias paranormales y sobrenaturales.
El cómic es pura acción y diversión, que se puede permitir contar aventuras de Robo en diferentes momentos de su vida (los años 30, la Segunda Guerra Mundial, los 60, la época actual...) dado que, al ser un robot, el personaje no envejece. Por si esto fuera poco está salpicado de referencias pop y de maravillosos cameos de personajes conocidos (como Carl Sagan, H.P. Lovecraft o Thomas Edison, aunque mi favorito, por hilarante, es el de Stephen Hawkins en el primer volumen). El resultado es una lectura entretenidísima.
THE MANHATTAN PROJECTS, de Jonathan Hickman y Nick Pitarra
El más reciente de los tres es una de las revelaciones del año en EE.UU. Una serie publicada por Image que nos sitúa en los años 40, cuando el ejército estadounidense reúne a los mejores científicos del país, oficialmente para crear una bomba con la que ganar la II Guerra Mundial, pero también para desarrollar diversos proyectos científicos que serían dignos de Walter Bishop. A medida que la serie avanza se nos va desvelando que muchos de los personajes tienen una agenda oculta y no son lo que parecen. Lo que no deja de ser chocante cuando los personajes son figuras tan conocidas de la historia de la ciencia como Oppenheimer, Einstein, Fermi, Harry Daghlian o Richard Feynmann.
La serie todavía lleva tan sólo unas pocas entregas, pero ya ha abierto puertas para un montón de posibilidades que deberán desarrollar próximamente. Mucho suspense, con cada número conteniendo una historia más o menos autoconclusiva pero que se encuadra en una continuidad imprevisible que no sabemos a dónde nos llevará pero que los lectores estamos ansiosos por descubrir.

En suma, tres series muy interesantes y más que recomendables. ¿Quién pensaba que la ciencia era aburrida?

sábado, septiembre 29, 2012

36



El autor de La Página 36 cumple 36 años. ¡Viva! ¡Celebremos la recursividad!

miércoles, septiembre 26, 2012

Black & White

Tenía un poco abandonado esto de las listas de Spotify, primero por ciertos cambios en la plataforma que, por fortuna, finalmente no duraron mucho, y luego por problemas técnicos. Pero aquí estoy de nuevo para presentar Black & White, una lista dedicada básicamente a lo que se denomina "la segunda ola del ska". Básicamente, esos grupos británicos que recuperaron el ska a finales de los 70 y principios de los 80 y lo pusieron de nuevo en el mapa. Una ola intensa y de calidad, pero no muy numerosa en cuanto a nombres, de ahí que haya tantas canciones de unos pocos grupos en la lista (especialmente Specials y Madness... quizá me he pasado un poco). Alguno de ellos, de hecho, abandonan el ska en algún momento, por lo que estrictamente hablando no todas las canciones de la lista son ska.
A ellos he añadido a los primeros grupos británicos de la "tercera ola", que en muchas ocasiones coincidieron en los escenarios con sus antecesores e incluso colaboraron con gente como Laurel Aitken, el "padrino del ska" (venido directamente de la "primera ola"). También a Rico, otro pionero que, además de fusionar el ska y el jazz, se instaló en Inglaterra y tocó habitualmente con los Specials. Pero básicamente he tratado de no salirme del periodo 1979-89, con un par de excepciones: un tema de los Symarip, casi olvidados pioneros del ska británico de finales de los 60, que alcanzaron su mayor éxito con su reedición en 1981 en plena efervescencia de la "segunda ola"; y una canción de los Hotknives que no es de los 80 sino de 1996 pero me gusta mucho así que la meto y a la mierda la coherencia.
Reconozco que la lista me ha quedado enorme, pero bueno, así disfrutáis más rato.

lunes, septiembre 17, 2012

Cenizas

Alvaro Ortiz llevaba años siendo uno de los autores más prometedores del panorama nacional, pero le faltaba una gran obra con la que quitarse esa etiqueta de promesa y poder confirmarse por fin. Ya no. Cenizas es la obra que todos sus seguidores esperaban/deseaban que diera.
Álvaro ya había firmado como profesional dos álbumes dignos pero todavía de formación, en los que había presentado su particular universo de fantasmas y piratas al mismo tiempo que mostraba su evolución como dibujante. Pero no había terminado de sentirse cómodo, especialmente en el segundo de ellos, que le había costado horrores acabar. Terminaba la realización de estas obras agotado, vacío, sin ganas de emprender inmediatamente un nuevo proyecto. Como si estuviese tratando de marchar a un ritmo que no era el suyo.
Por suerte su adopción de una mayor simplicidad gráfica, con influencias obvias de Lewis Trondheim, le ha permitido superar sus obstáculos. Ha pasado de hacer páginas con grandes viñetas llenas de rayitas a hacer páginas con muchísimas viñetas y muy pocas líneas. Ahora sus páginas se ven más limpias, ha ganado fluidez narrativa y, lo que es mejor, se divierte más y lo transmite. Su muy trondheimiano tebeo autoeditado, Fjorden (descargable en pdf en su página), fue, ahora lo vemos claramente, algo más que un divertimento para desengrasar la máquina antes de empezar con una historia más profunda; fue también una prueba, un experimento que funcionó y que puso los cimientos gráficos del nuevo Álvaro que vemos en Cenizas. (En su blog aún pueden encontrarse bocetos primitivos de cuando hizo el proyecto en los que todavía utiliza su anterior y muy característico estilo de rayitas.) También hay un algo de Ware en la composición (superando a veces las veinte viñetas por página, aunque sabiendo romper ese ritmo con viñetas mayores segun lo pide la historia, hasta llegar incluso al tamaño de la doble página en algún momento) y, no sé, igual soy yo pero también le veo algunas similitudes con Craig Thompson, Brian Lee O'Malley o Manu Larceret (aunque ya no sabe uno si hay influencia directa o simplemente beben de fuentes comunes). Los colores pastel que utiliza, una paleta bastante personal, contribuyen igualmente a que el resultado final sea una obra bonita de ojear y agradable de leer.
Pero es en la historia donde Álvaro, sin renunciar a ciertas constantes de su obra y a su particular sentido del humor, muestra un mayor crecimiento como autor, abandonando la fantasía desbordada de sus obras anteriores para establecerse en un entorno más realista (aunque sólo hasta cierto punto; a fin de cuentas uno de sus personajes principales es un mono), afrontando con éxito una estructura narrativa más compleja y creando los personajes más redondos de su aún incipiente carrera. Depurando influencias de todo tipo que van más allá de los cómics, de Wes Anderson a los hermanos Coen, desde las road movies de autodescubrimiento del cine indie americano hasta las novelas de Paul Auster (referencia ineludible en este caso que llega hasta la cita directa), el autor embarca a sus personajes en un viaje de destino desconocido incluso para ellos mismos, y, a través de un camino plagado de desvíos y digresiones, consigue que los conozcamos y que, pese a sus defectos, miserias y patetismo, lleguemos a quererlos. Y es entonces, y sólo entonces, cuando llega la revelación final y se nos descubre el verdadero sentido de todo el viaje, y no podemos evitar emocionarnos.
En suma, un gran cómic que merece (mucho) la pena leer, y la confirmación de un gran autor que seguro que va a seguir entregándonos muy buenos trabajos en los próximos años.
GENIÓMETRO: 4/5 eisners

lunes, agosto 20, 2012

Na na na na hey hey hey

Esta es la historia de una canción que fue creada para que no gustara y fracasó de manera tan estrepitosa en el intento que acabó en lo más alto de las listas de ventas de los EE. UU., llenando los bolsillos de sus autores pero a la vez acabando con la carrera del cantante que la grabó. Porque la vida, a veces, resulta totalmente impredecible.
Situémonos. Año 1969. Paul Leka es un reputado músico originario de Bridgeport, Connecticut, que, tras haber grabado algunos singles a comienzos de los 60 con un grupo llamado The Chateaus, se trasladó a Nueva York para iniciar una fructífera carrera como músico de estudio, productor y compositor de encargo, firmando algunos éxitos como Green Tambourine, tema interpretado por The Lemon Pipers que llegó al número uno de ventas en EE.UU. en 1968.
En 1969 Leka trabaja para Mercury Records, y convence a sus jefes para darle una oportunidad a un antiguo compañero de The Chateaus, Garrett De Carlo, que ahora buscaba fortuna como artista en solitario bajo el pseudónimo de Garrett Scott. Con Leka como productor, De Carlo grabó cuatro canciones y las presentó a la compañía, donde fueron muy bien recibidas. Tanto, que sus jefes creyeron que cualquiera de ellas era un single en potencia. Por ello, y para reservar las otras de cara a un posterior lanzamiento, a la hora de publicar el primer single, una canción llamada "It's the magic in you girl", pidieron a los músicos que volvieran al estudio y les grabaran una nueva canción para la cara B del single.
Como el objetivo era simplemente hacer una canción de relleno, Leka y Scott pensaron que podían hacer el trabajo en una noche, y sin necesidad siquiera de llamar a otros músicos de estudio para ayudarles. Y, para evitar que los DJs de las radios pinchasen la cara B en vez de la canción que realmente se estaba intentando vender, decidieron que lo que iban a grabar debía ser un tema lo suficientemente flojo como para que ningún DJ lo prefiriese a la otra canción. En el estudio se les unió otro amigo y ex-compañero de los tiempos de The Chateaus, Dale Frashuer, que estaba de visita, y les sugirió utilizar una canción que habían empezado a componer entre los tres hacía años para su viejo grupo y que, por considerarla bastante floja, nunca habían terminado, llamada Kiss him goodbye. Los tres músicos, con el ingeniero Warren Dewey a los mandos, grabaron rápidamente la canción. Sólo faltaban una batería y un estribillo. Para solucionar lo primero, Leka pidió a Dewey que troceara y recompusiera la grabación de la batería de uno de los otros singles que habían grabado. En cuanto a lo segundo, fue el propio Leka el que improvisó un estribillo a los teclados, cantando simplemente "na na na na", porque, como diría años más tarde, "es lo que siempre se canta cuando no sabes la letra". Como no les importaba mucho, lo dejaron así, sin preocuparse de componer un texto, aunque, eso sí, a modo de broma, Frashuer y Scott sugirieron cambiar el tercer verso de "nanananas" por un "hey hey hey". Y para asegurarse de que nadie la radiaba por error en lugar de la cara A, añadieron a la canción una enorme coda de varios minutos de repetición del improvisado y poco trabajado estribillo.
Sin embargo, las cosas empezaron a torcerse cuando presentaron la canción a sus jefes y con horror descubrieron que les gustaba. A continuación, tuvieron un problema a la hora de fabricar los discos, la aguja saltaba al llegar a cierto punto, por lo que la solución que adoptaron fue reducir aquel monstruo de siete minutos a una canción de cuatro minutos, una duración más normal y radiable, aunque todavía más larga de lo habitual en la época. Y, finalmente, la catástrofe: un DJ de Georgia, al recibir la promo del single, hizo precisamente lo que los músicos habían querido evitar a toda costa, equivocó las caras del viñilo y radió la cara B. Y con los resultados más sorprendentes, porque pronto una avalancha de llamadas sorprendió a la emisora pidiendo que volvieran a poner aquella canción tan tonta pero de estribillo extrañamente pegadizo. De modo que la emisora comenzó a radiar habitualmente la canción, y poco a poco otras emisoras de la zona hicieron lo mismo.

Cuando la noticia de que la canción estaba siendo un éxito en las radios del sur llegó al departamento de promoción de Mercury, inmediatamente decidieron publicarla como single. Algo que ni a Leka ni a Scott hizo demasiada gracia. Ambos consideraban que la canción era vergonzosa y se negaron a que sus nombres fueran ligados a ella. Es por ello que negociaron que aquel single no deseado fuera publicado no por Mercury sino por Fontana, una compañía filial, y bajo el nombre de Steam, un grupo ficticio creado únicamente para aquella canción cuya estrella, esperaban, no brillaría demasiado tiempo.
Solo que, una vez publicado el single, el resto de América acogió aquella aberración con el mismo entusiasmo que los estados sureños, alcanzando de manera totalmente inesperada (especialmente para sus autores) el número uno en las listas de ventas en diciembre de 1969 (¡desbancando nada menos que a los Beatles!), obligando a la compañía a formar aprisa y corriendo un grupo real para poder promocionar la canción con conciertos y apariciones en televisión, y grabar un LP.
Todo ello fue especialmente desesperante para Garrett Scott, cuyos singles nunca consiguieron la más mínima repercusión, y que, asqueado con todo lo sucedido, se negó a participar en cualquier nuevo proyecto bajo el nombre de Steam. La compañía encargó entonces a Leka que se ocupase de ello, y Leka reclutó a otro grupo de músicos de Bridgeport para que hicieran las giras y grabasen nuevas canciones, limitándose él a las labores de producción. Por supuesto, ninguna de las nuevas canciones sería un éxito, convirtiendo a Steam en un clásico one hit wonder.
Posteriormente Leka seguiría trabajando dos décadas como productor y músico de estudio, aunque sin alcanzar nunca más un gran éxito; por su parte Scott seguiría intentando durante los 70 triunfar con sus canciones, sin ningún éxito, llegando incluso al punto desesperado de publicar a finales de los 70 una versión disco de su éxito repudiado, que tampoco cuajó.
Mejor suerte correría la canción, que, lejos de caer en el olvido, se ha convertido en un clásico en los eventos deportivos a lo largo de los EE. UU., y ha sido objeto de numerosas versiones, siendo las más conocidas las del conocido trío británico Bananarama en los 80 y la del grupo de metal aleman Axxis. A día de hoy sus ventas rebasan los seis millones y medio de discos. Nada mal para una canción que estaba diseñada para no gustar.

jueves, julio 05, 2012

El chino que salía en todas las películas (reprise)


Hace doce años, embarcado en esa entrañable aventura editorial que fue Burz Cómics, vio la luz el primer número de Pinball, una serie dibujada por Daniel Foronda y con guiones a mi cargo de la que aparecieron tres números con calidad creciente y trascendencia decreciente. En el primer número aparecía un villano al que Daniel se empeñó en dar los rasgos de Al Leong, ese chino que moría en todas las películas de acción de los 80. Como complemento, incluí en aquel número un artículo recopilando las películas en las que había participado, e incluso describiendo cómo moría en muchas de ellas. Lo que no era moco de pavo en aquella época de una Internet prehistórica, en la que ni siquiera la iMDB y la página de su club de fans se ponían de acuerdo a la hora de enumerar todas sus apariciones en la pantalla.
Hace siete años decidí recuperar dicho artículo, lo revisé, lo actualicé (no mucho, porque el actor ya no se prodigaba tanto) y lo publiqué en este blog.
Hace una semana, probablemente después de buscar información ante la popularidad ganada en Internet por la recopilación de muertes con la que he abierto este post, alguien en la redacción de Informativos de la Sexta descubrió aquella vieja entrada, por lo que, a la hora de hacer este reportaje de relleno sobre el personaje, este blog fue mencionado en un rótulo al pie de pantalla como el lugar a donde acudir para buscar una lista completa de muertes de este hombre. ¡Mis cinco segundos de gloria! Las estadísticas de Blogger indican gran afluencia al blog aquel día, pero dado que la entrada tenía ya tantos años y estaba un poco perdida en el archivo es probable que muchos de los que entraron no encontrasen lo que buscaban.
Doce años después de escribirlo, el artículo ha alcanzado el telediario, dándole un nuevo sentido a la expresión "slow news day". No es que de repente vaya a obtener fama y fortuna por tan mínimo reconocimiento, pero, ¡qué a gusto se queda uno!

miércoles, julio 04, 2012

Son leyenda: el inevitable post conmemorativo del éxito en la Eurocopa 2012 (featuring Paul Newman)


Como si fuera uno de esos timadores de las salas de billar de las películas. Es el campeón. El maestro. El mejor. Y todos lo saben. Los demás jugadores le admiran, le respetan y, cuando han de enfrentarse a él, le temen. Pero últimamente no es él mismo. Está cansado. Su juego, que una vez fue brillante e imaginativo, ahora apenas produce admiración. De vez en cuando tiene algún estallido de genio, pero parece jugar con una cierta desgana, haciendo apenas lo mínimo necesario para seguir adelante. Pasa apuros, sufre, pero, de alguna manera, llega de nuevo a la final del torneo. Y entonces, cuando ya todos han visto que no está fresco y parece incapaz de desarrollar su mejor juego, y empiezan a subir las apuestas por el rival, un viejo campeón que ya puso en apuros al maestro en un enfrentamiento anterior... entonces, en la hora decisiva, el campeón empieza a jugar como sabe. Con tranquilidad, con el pulso firme, sin perdón. Con ese talento descomunal que nunca ha perdido. El rival, que lo había hecho todo muy bien hasta ahora, y al que por un momento el público había hecho creer que podía recuperar su vieja corona, comienza plantando cara, pero pronto nota cómo un sudor frío recorre su espalda y se va desmoronando, a medida que el maestro, cada vez más seguro de sí mismo, se regala esa partida perfecta que sus críticos siempre le reprochaban que no era capaz de jugar y va metiendo en sus agujeros todas las bolas, una tras otra, sin darle a su rival la oportunidad de utilizar su palo. Y con todo el mundo todavía en estado de shock por la exhibición que acaba de presenciar, el maestro sale del local muy satisfecho, nuevamente campeón, agrandada su leyenda y con el dinero de las apuestas.

Quién lo iba a decir en 2006, cuando tras otro fracaso en el Mundial España iniciaba su lucha por la Euro 2008 con una vergonzosa derrota en Irlanda del Norte. Año y pico después, España impresionaba al Mundo con su tiki-taka y levantaba por fín un título 44 años después. Todos sabíamos que era un momento histórico; pero ahora, un Mundial y otra Eurocopa después, sabemos que fue algo más: el comienzo de una leyenda. Este domingo la selección española completó un trébol sensacional con la consecución de tres grandes campeonatos de selecciones consecutivos. Pero todas las leyendas deben tener su momento perfecto. Como la goleada de la gran Hungría de Puskas en Wembley, o la inolvidable exhibición del Brasil de Pelé en la final de 1970 ante Italia. España, esta vez, no fue sólo la merecida campeona. También consiguió un resultado de leyenda para que su entrada en la Historia fuera por la puerta grande.

En los últimos cuatro años España no sólo ha logrado por fín sacudirse de encima la etiqueta de eterna perdedora, sino que además ha seguido ganando títulos con una voracidad sin precedentes, como si tuviera que aprovechar el momento para compensar todos los años en que el destino les ha sido esquivo y situar al fútbol español en el lugar que por historia, calidad, trascendencia y resultados (hasta ahora sólo a nivel de club, obviamente) merecían. España es hoy referente mundial y modelo de juego, y lo ha sido incluso en un campeonato como el recién terminado, en que las críticas a su juego han sido constantes. Han creado su propio estilo, hasta el punto de que su influencia gravitacional ha arrastrado a equipos de un estilo tan consolidado y exitoso a lo largo del tiempo como Alemania o Italia (¡Alemania e Italia!) a intentar también tocar el balón y controlar el ritmo del juego.

Dentro de unos años habrá toda una generación que no sabrá lo que significaba la maldición de cuartos, y a la que no sabremos explicar cómo es posible que nuestra selección de fútbol fuese durante años el chiste recurrente de los grandes campeonatos, hasta el punto de que incluso los ingleses, ese otro gran chiste recurrente del fútbol de selecciones, podían permitirse mirarnos con una sonrisa. Todo eso ha quedado ya atrás. Ahora esta selección es leyenda. Y se ha erigido como tal con un golpe maestro que hace unos años tan sólo se podía soñar.